Los hijos jóvenes de la noche de Buenos Aires, creen que no les va a pasar nada y juegan con la vida.
Pero para eso estamos los adultos, para enseñarles la brecha entre libertad y libertinaje.
Es indignación lo que sentí ese día, cuando comenzaba a morir el sol y a encenderse las luces de Gaona.
Nunca creí que vería nada igual, transitando esa noche por la avenida, solitario y nostálgico.
En mi adolescencia disfrutábamos las salidas de otro modo, sin perder el respeto por nosotros mismos.
No sabría como describirlo. Simple, lo haré tal como recuerdo la situación, con la impresión nauseabunda que no me abandona.
Tuve la necesidad de estacionarme, sin darme cuenta noté la presencia de un chico, vomitando al costado del carril. Me acerqué para ayudarlo, tenía un aroma pestilente. Percibí un charco bordo a su alrededor, el olor a vino me invadió, me asomé a ofrecerle auxilio.
Había parado de vomitar, la botella cayó de su mano, descubrí que la aureola líquida sobre la que se acostaba no era vino.






