Luego de haber digerido en estos días el suceso no me queda mucho por desahogar. Si decido escribirlo es porque quiero que quede algún registro, aunque sé que es un recuerdo que nunca se borrará de mi. Son esos momentos de la vida en las que el destino nos obliga a tomar decisiones, son momentos tristes y horribles.
Es sentirse obligado a crecer de golpe, es sentir que la responsabilidad nos abofetea a la cara, es querer mirar para otro lado y que todo se solucione por su propia cuenta.
Creí que lo peor ya había pasado, pero no, hay veces que la solución es peor que el problema. Se avecina una tormenta, sufrimiento, angustia. Soledad, y eso es lo más exasperante.
Es complicado describir lo que a uno le pasa por la cabeza en situaciones como estas, son tantas cosas, tantas locuras.
Lo de fingir que estoy tranquila me viene saliendo bastante bien, gracias a la ayuda de él y de mi mejor amiga, que colaboran en calmarme y mantenerme riendo. Es de esas experiencias que uno cree que nunca van a pasarle, pero le pasan y sólo se piensa en golpear la cabeza contra la pared hasta perder la consciencia y que al despertar sea todo parte de una horrenda pesadilla.
No siempre querer es poder, y aunque yo quisiera dejar que fluyan el curso de las cosas no estoy preparada, ni capacitada, ni me lo permitirían. Es un sueño que debo dejar para más adelante. Seguramente es una herida que nunca cerrará, un dolor que recordaré en futuras e inocentes sonrisas, una tortura que me acompañará durante varios años, pero no me queda otra alternativa. Y digo con lagrimas en mis ojos, me gustaría declarar con mucho orgullo que si por mí fuera tomaría la decisión más hermosa de mi vida, ojalá pudiera decir cual es, ojalá pudiera al menos imaginarla sin culpa, ojalá pudiera ser real.
Ojalá el día de mañana lo recuerde como si en algún segundo le hubiera permitido respirar.







0 Comments:
Post a Comment